Obituario

Alfredo López Austin (1936-2021)

Autor: 
Guilhem Olivier
Institución: 
UNAM, IIH
Síntesis: 

“¡Coscomate!, se llama ‘coscomate’ Guillermo, del náhuatl cuezcomatl”; Alfredo López Austin alzó un poco la voz, para repetir —por tercera vez, pero siempre con una sonrisa—, el nombre de la troje que estaba frente a nosotros, mexicanismo que no lograba grabar en mi mente. Respuesta paciente de un gran maestro en cuya memoria extraordinaria cabían hasta los nombres de todos y cada uno de sus alumnos… ¡y fueron muchísimos! Yo tenía pocos meses de haber llegado a México, todo era nuevo para mi, y gozaba del privilegio de visitar la zona arqueológica de Chalcatzingo con Alfredo, Martha y Leonardo. Por cierto, no había sido fácil convencer a Alfredo de que nos acompañara —“Tengo mucho trabajo”— y durante todo el viaje estuvo en la parte trasera del coche, leyendo. 33 años después, al disculparme por llamarle por teléfono —ambos estábamos preparando un dossier para Estudios de Cultura Náhuatl—, Alfredo me contestaría: “Guillermo, tú y yo siempre estamos ocupados, así que háblame cuando quieras”. Y de hecho, hasta el último día de su vida, este fatídico viernes 15 de octubre de 2021, Alfredo estuvo “ocupado”, dictando a su nieta las últimas líneas de un escrito…

Ye íxquich, “Ya es todo”, Alfredo solía terminar sus libros con esta frase. Al día de hoy, este “todo” consiste en una obra monumental —incontables libros, artículos, capítulos de libro, reseñas, etc.— cuya riqueza y originalidad rebasan por mucho las pocas líneas que les puedo dedicar aquí.

Primeramente, la lengua náhuatl: herramienta indispensable para adentrarse en las concepciones de los antiguos nahuas, con numerosas y cuidadosas traducciones, desde su primer artículo —“Caminos de los muertos”, publicado en 1960 en Estudios de Cultura Náhuatl—, hasta la traducción del famoso mito del nacimiento de Huitzilopochtli en un número de Arqueología Mexicana (2010), pasando por tres volúmenes dedicados a la edición crítica y traducción de amplios fragmentos del Códice Florentino —Juegos rituales aztecas (1967), Augurios y abusiones (1969) y Educación mexica (1985)—, y mucho más. 

Así, el segundo volumen de su obra maestra, Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas(1980), incluye una gran cantidad de traducciones, tanto de términos relativos a las partes del cuerpo humano, como de fragmentos diversos relacionados con el tema del libro; pero lejos de ser sólamente partes de anexos relegados al final de un volumen, estos términos y textos constituyeron la base sobre la cual Alfredo construyó un estudio sumamente novedoso de las concepciones del cuerpo humano entre los antiguos nahuas, según sus propias categorías y en el marco de una compleja cosmovisión. De hecho, este libro seminal inspiró a numerosos historiadores y antropológos en sus investigaciones tanto en México como en otros paises.

Junto con la importancia de las lenguas indígenas, Alfredo nos enseñó el papel fundamental de los estudios antropológicos para estudiar el “pasado indígena” de Mesoamérica, y a la vez la necesidad de conocer la historia para entender el presente de los pueblos indígenas. Este vaivén entre pasado y presente lo encontramos desde su libro Hombre-dios. Religión y política en el mundo náhuatl (1973) —en el cual escudriñó la figura compleja de Topiltzin Quetzalcóatl— hasta sus reiteradas pesquisas sobre los mitos mesoamericanos antiguos y actuales (Los mitos del tlacuache (1990), Las razones del mito (2015), Los mitos y sus tiempos (con Luis Millones, 2015). Además de rastrear filiaciones entre los mitos recopilados por los etnólogos desde principios del siglo XX y los que están consignados en las fuentes del siglo XVI, Alfredo analizó las distintas funciones de estos relatos, sus lógicas intrínsecas y sus múltiples significados como expresión de los nexos entre el hombre, su entorno, sus dioses y el cosmos. 

Esta función esencial de los materiales etnográficos se manifestó también de manera contundente en Tamoanchan y Tlalocan (1994), para poder reconstruir la historia y las funciones de este espacio primigenio de la cosmovisión mesoamericana. Asimismo, en Monte sagrado-Templo Mayor (2009) —escrito en colaboración con Leonardo López Luján—, en vez de adoptar un estricto orden cronológico, ambos autores eligieron dedicar su primera parte a los datos etnográficos —“El Monte”—, para después elaborar “El paradigma”, y finalmente aplicar este paradigma a las fuentes históricas y a los materiales arqueológicos del Templo Mayor de Tenochtitlan. Aunado a la enorme cantitad de datos analizados, y como botón de muestra, quisiera destacar el análisis del “conjunto iconográfico [del Templo Mayor] en el cual se dan simultáneamente varios programas que conforman variantes de la distribución espacial de los símbolos y cada una de las variantes constituye una clase específica de la interpretación”. Este modelo dinámico de interpretación —fundamentado en los conceptos de “cosmovisión” (1996) y de “núcleo duro” (2001), desarrollados de manera magistral por Alfredo— permite superar las asociaciones unívocas y dar cuenta de muchos matices de la cosmovisión mexica plasmada en el Templo Mayor. En el mismo sentido convendría llevar a cabo un balance crítico de las aportaciones metodológicas de Alfredo sobre diversas disciplinas —como son la filología, la historia, la arqueología, la historia del arte y la antropología—, disciplinas todas a las cuales, en algún momento, dedicó algún artículo o parte de un capítulo, en ocasiones en el marco de apasionantes debates con destacados colegas.

Paralelamente a su labor como investigador, Alfredo fue un gran divulgador: mencionaré, por ejemplo, El pasado indígena (1996), escrito al alimón con Leonardo, que respondió a la necesidad de ofrecer a un público amplio una versión sólida y actualizada de la historia de Mesoamérica, así como los múltiples artículos publicados en revistas de divulgación (por ejemplo, en Arqueología mexicana [La cosmovisión de la tradición mesoamericana (3 números, 2016) y Los personajes del mito (2020)]. 

Finalmente, nos complace que las musas mesoamericanas dotaran a Alfredo de una pluma excepcional, la cual iluminó todos sus escritos, entre los cuales recuerdo las páginas maravillosas de El conejo en la cara de la Luna (1994) —cuyos ensayos iba yo descubriendo con emoción conforme eran publicados en Ojarasca— y la prosa jocosa e irreverente (ilustrada por Francisco Toledo) de la inolvidable Una vieja historia de la mierda (1988). 

Faltaría espacio para dar cuenta de la extraordinaria labor docente de Alfredo y de la profunda impronta que dejó entre sus alumnos y colegas —recordemos también las estimulantes reuniones del famoso taller “Signos de Mesoamérica” que coordinó con Andrés Medina en el Instituto de Investigaciones Antropológicas—, así como de su indefectible compromiso con las justas causas de los pueblos indígenas, manifestado en múltiples ocasiones, por ejemplo con su decidido apoyo al movimiento zapatista. 

Ye íxquich, extrañamos ya y para siempre al maestro brillante y al amigo entrañable; como lo expresó el poeta nahua Mardonio Carballo, “Alfredo es un tlayekanketl, expresión náhuatl para designar una punta que va abriendo camino, para que después se quede abierta esta ruta…”  

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Obituario

Luis Fernando Granados Salinas (1968-2021)

Autor: 
Mauricio Tenorio
Síntesis: 
Luis Fernando Granados Salinas (1968-2021)
 
El 10 de julio falleció el historiador y ensayista Luis Fernando Granados Salinas, La Rata. Hoy somos mucho menos historiadores, menos historia. Nos dejó pronto, pero fue uno de los mejores investigadores, una Rata, cierto, de bibliotecas y archivos, y también, para mí, una de las mejores imaginaciones históricas de mi generación. No se tomaba en serio, esa era su problema y su gran virtud, pero era un historiador y un pensador de ideas originales, un armador de rompecabezas, de imágenes históricas, de las que todos teníamos las piezas pero no acertábamos a darle forma. 
 
Estudió la licenciatura en historia en la UNAM, y el doctorado en la Universidad de Georgetown, alumno, amigo y cómplice de su maestro John Tutino –a quien expreso mis condolencias, no imagino el tamaño de su abismo. Conocí a La Rata hace muchos años, cuando él era editor de los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas. No recuerdo el año, hace muchos, yo fui a dejar un artículo para los Anales y ahí estaba él, lápiz en mano, corrigiendo pruebas, él siempre, como su hermano Tomás, hombre de libros, de envidiable prosa y mimador de dos lenguas, el inglés y el español.  Nuestro primer encuentro, lo recuerdo con precisión, fue una larga charla sobre una novela de José Saramago, a quien yo recién había descubierto pero La Rata ya sabía todo sobre él. Ahí comenzó una larga amistad y una impagable complicidad intelectual. Leí borradores de cosas que escribía, leyó lo mío, nos peleamos, nos corregimos, y fuimos haciéndonos compinches con muy distintas opiniones, temas, ideas. Fue un regalo de la vida contar con su voz. Al terminar su doctorado (2008), lo contratamos en la Universidad de Chicago como profesor e investigador posdoctoral y tuve la suerte de convivir con él a diario por dos años. Su fachada de valemadres era eso, fachada: me ayudó de una y mil maneras muy humanas en unos años duros para mí. Era un profesor de culto, sus estudiantes lo idolatraban por su sabiduría, por su originalidad y por su bonhomía. Como colega, era una máquina de producción de grandes y pequeñas ideas, a las que no siempre les daba seguimiento, pero las lanzaba con generosidad, nos maiceaba a sus gallinas hambrientas de pistas.
 
La Rata era una contradicción en sí mismo. Pronto publicó un estupendo libro sobre la Revolución francesa (1990), y con su hermano Tomás dirigió uno de los pocos buenos suplementos de libros que ha existido en México en las últimas tres décadas (Hoja por hoja). Publicó también lo que para mí es el mejor libro sobre la vida de la Ciudad de México durante la invasión norteamericana (Sueñan las piedras: Alzamiento ocurrido en la ciudad de México, 14, 15, 16 y 17 de septiembre, 1847). Hice lo que pude para publicar ese libro en inglés, pero La Rata, como siempre, no le dio seguimiento al asunto. Nunca publicó, por ejemplo, su estupenda tesis doctoral: “Cosmopolitan Indians and Mesoamerican Barrios in Bourbon Mexico City. Tribute, Community, Family and Work in 1800.” Se trata de una historia socioespacial de la Ciudad de México a fines del siglo XVIII, historia de borbones ilustrados y absolutistas, burócratas modernizadores, aspirando a una organización más racional de la ciudad, de su espacio, sus finanzas, su importancia simbólica. Basándose en archivos fiscales y judiciales, La Rata cambió por completo el acento historiográfico en etéreas solidaridades étnicas, conciencias espirituales o identidades fijas, y llevó el análisis a un escenario completamente urbano y cosmopolita. Las autoridades identificaban posibles contribuyentes fiscales y en los barrios indígenas reaccionaban colectiva e individualmente para enfrentar las demandas fiscales, embarcándose en abigarrados procesos de identificación política, y auto-identificación como indios o mestizos dependiendo de la situación y el momento. Con muy poco trabajo, la tesis hubiera sido un libro clásico, pero La Rata era La Rata y se embarcó en otros proyectos y fue dejando la tesis. Su último libro fue una reinterpretación total de las luchas de independencia como una revolución popular campesina: En el espejo haitiano. Los indios del Bajío y el colapso del orden colonial en América Latina (2016). Como siempre, el libro es riguroso en la investigación, pero son cuatro ensayos de ideas, imaginación y de la natural rebeldía de La Rata.
 
Nos deja su obra y la pena de perder lo que venía (antes de caer enfermo, terminó una larga y lúcida introducción a una nueva edición de las Cartas de relación de Cortés). Nos quedan su hermana Rosario, historiadora del arte y también profesora posdoctoral en Chicago, y su hermano Tomás, un librofílico que mantiene vivo el viejo oficio de editor. No puedo imaginar su dolor. La Rata era humano, demasiado humano, feliz en las contradicciones y las ironías: contestatario, anti-burgués pero un catrín que más no ha habido, feliz con vino francés y buenos restaurantes; todo parecía valerle madres menos la militancia en el valemadrísmo, la cual tomaba muy en serio; gran lector de todo, enemigo de las historias convencionales llenas de datos y fechas, pero un loco buscador de nuevos datos; prosa bella, arriesgada, burlona, pero me reclamaba como si fuera historiador de academia mi falta de profesionalismo por no poner píes de páginas en un libro; chairo de la primera horneada, pero luego gran crítico de la visión histórica del régimen; provocador por vocación y sin embargo sabía querer y quería ser querido. Ya enfermo, se negaba a dejar su papel de enfant terrible, de no doy nada por nadie, ni espero nada de nadie, pero todos sabíamos que se nos iba y, lo sé, tenía miedo, del dolor, de la muerte. Creo que, al final, no es que no quisiera la muerte, es que la quería buena. No lo fue. Y menos para los que lo sobrevivimos. Uno menos, y de los muy buenos. Adiós Rata del alma.
 
Mauricio Tenorio
Samuel N. Harper Professor of History, The University of Chicago.
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Obituario

Tarsicio García Díaz

Autor: 
Leonel Rodríguez Benítez
Síntesis: 

OBITUARIO

Dr. Tarsicio García Díaz (1930-2021)

 

Seis días antes de cumplir noventa y un años, el pasado domingo 6 de junio, en la última hora del día, falleció el distinguido historiador mexicano Tarsicio García Díaz. Su huella perdurará en la historiografía mexicana y, de manera sensible, entre los historiadores y estudiosos interesados en el proceso independentista del periodo 1808-1821, uno de los temas a los que dedicó gran parte de su quehacer docente y sus afanes de investigador.

Nuestro maestro y amigo ―porque sin haber asistido a sus cursos recibimos de él múltiples enseñanzas y numerosas pruebas de amistad tras habernos conocido en 2002, cuando su retiro de la vida académica estaba próximo― fue un hombre creador y formador de generaciones de historiadores en dos instituciones mexicanas de prestigio en la disciplina histórica: la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana. En ambos espacios académicos contribuyó con sus enseñanzas y con su capacidad administrativa (entre otras responsabilidades, fue coordinador del Colegio de Historia en la Facultad y del área correspondiente en la UIA) al reforzamiento de los programas orientados a cristalizar las aspiraciones de centenares de jóvenes de convertirse en historiadores profesionales.

Tarsicio, valga esta expresión familiar, se formó sólidamente en las aulas universitarias de la Ciudad de México, a las que llegó de Guadalajara cargado ya con un bagaje cultural y una vena artística profunda: la pintura al óleo, que fue siempre su quehacer paralelo al de la Historia, y en la que el retrato de los personajes insurgentes y el paisaje morelense fueron su inspiración predominante. En su formación como historiador tuvo destacados profesores, dentro y fuera de las aulas, entre ellos a los historiadores Ernesto de la Torre Villar y Edmundo O’Gorman y al reconocido bibliógrafo José Ignacio Mantecón.

Tocó a Tarsicio García ser uno de los integrantes de las primeras generaciones que dejaron los nostálgicos salones de Mascarones, mudanza paulatina, para ocupar las flamantes instalaciones de la Facultad en Ciudad Universitaria. En esta nueva sede concluyó sus estudios, y egresó en 1962 como licenciado en Historia con la tesis El pensamiento político, económico y social de don Tadeo Ortiz de Ayala, en su obra México considerado como nación independiente y libre; la obra mencionada se publicó en 1832 y fue significativa en aquellos tiempos para los dirigentes que debieron definir y resolver el dilema de la organización nacional. Con esta investigación inicial se perfiló el tramo histórico que el historiador García Díaz privilegió en sus investigaciones futuras.

Muy joven se inició en la práctica docente, continuada durante varios años en la FFyL como titular del curso Guerra de Independencia, foro natural y estratégico para difundir sus conocimientos, los que profundizó al elaborar su tesis doctoral La libertad de imprenta y el periodismo en la época de la Independencia, con la asesoría de Edmundo O’Gorman y presentada en 1974, que representó para Tarsicio García la apertura de un campo historiográfico valioso y necesario para el conocimiento de la prensa insurgente y los contenidos difundidos en ella sobre los movimiento militares, las posiciones políticas y las ideas libertarias.

Hemos fijado una extensión breve para esta nota necrológica, así que no comentaremos aquí sus múltiples e interesantes publicaciones. Sin embargo, debemos subrayar sus trabajos en el área de la Bibliografía. En 1967 se incorporó al recientemente fundado Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y, de inmediato, colaboró con el respetado José Ignacio Mantecón para editar el Anuario Bibliográfico a partir del correspondiente a 1968, del que aparecieron varios más en los años siguientes. En un periodo corto se dedicó a organizar y analizar la documentación existente en los acervos de la Biblioteca y Hemeroteca Nacionales sobre el Oriente, Filipinas, Japón y regiones aledañas. Pero con el trabajo doctoral, Tarsicio precisó y cimentó con mayor firmeza sus tareas en el Instituto y en la Facultad, investigador y docente, afianzado con la publicación en 1974 de La prensa insurgente, en 2 tomos, gruesos y de gran formato, con extenso estudio preliminar y la edición facsimilar de trece periódicos, tanto insurgentes como trigarantes, dentro de la obra general conmemorativa, La República Federal Mexicana: Gestación y Nacimiento (DDF, 1974), en 8 tomos.

Con esa orientación temática, el legado valioso de Tarsicio se manifiesta también en la creación, en 1985, del Seminario de Independencia Nacional en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, en el contexto de las celebraciones del 175 aniversario de la Independencia, siendo él mismo coordinador e integrado por investigadores y técnicos académicos de ese Instituto. Los trabajos se abocaron a la compilación de los materiales del acervo de Biblioteca Nacional, Hemeroteca Nacional y del propio Instituto, para la difusión de las fuentes relativas al tema y su conocimiento histórico en un amplio sector de la sociedad. Se publicaron así 4 tomos bajo el título de Independencia Nacional (1986-1987), que circularon ampliamente; esta obra mereció, en 2005, una segunda edición corregida y aumentada, en dos tomos de mayor formato. El trabajo de Tarsicio dentro de la divulgación histórica, que ha tenido en México momentos de indudable ausencia y desestimación, fue intenso en los primeros dos lustros de este siglo XXI: coordinador e integrantes  del Seminario de Independencia Nacional trabajamos en la organización de importantes conferencias, mesas de trabajo y exposiciones documentales fijas e itinerantes que se realizaron en diferentes puntos del país. El balance mostró, para satisfacción del Dr. Tarsicio García Díaz y de quienes contribuimos en esos proyectos, que los públicos amplios están interesados en el conocimiento histórico y que una de las vías para divulgarlo requiere saltar los muros de la academia e ir, entonces, al encuentro de ese nuevo auditorio.

Nuestro admirado amigo publicó también diversas obras que tratan la problemática política y administrativa en el proyecto nacional de la primera mitad del siglo XIX mexicano, es decir con relación estrecha al estudio del periodo llamado México Independiente, además de otras temáticas cuyo análisis y valoración tal vez formarán parte del próximo abordaje historiográfico emprendido por la comunidad de historiadores mexicanos y mexicanistas.

Despedimos con sentimiento al notable historiador, profesor y amigo.

 

Leonel Rodríguez Benítez

Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A. C.

y Colegio de Historiadores de Sinaloa, A. C.

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Obituario

José Antonio Batiz

Autor: 
Varios autores
Síntesis: 

José Antonio Batiz 

In memoriam 

 

 

Ciudad de México, a 5 de abril de 2021. 

 

Hombre generoso, especialmente amable y querido José Antonio destacó como historiador por sus obras numismáticas y diversas aportaciones a la historia bancaria, así como por haber sido el fundador, director y asesor del Archivo Histórico del Banco Nacional de México. Gracias a su profesionalismo y extraordinario don de gentes contribuyó a consolidar, en 1994, la Asociación Mexicana de Archivos y Bibliotecas Privados. De manera también destacada participó en la Sociedad Numismática de México, siendo también un entrañable miembro de la Asociación Mexicana de Historia Económica y un impulsor de jornadas de difusión cultural de la Academia Mexicana de Historia. Extrañaremos su generosidad, buen trato y don de gentes. Nuestras condolencias a su familia, amigos y colegas que lo apreciaron. 

 

 

Seminario Interinstitucional de Historia Monetaria: 

 

Dr. Luis Anaya Merchant, UAEM 

Dr. Mario Contreras, UNAM 

Mtro. Javier Encabo, El Colegio de México 

Dr. Ricardo Fernández, UNAM 

Dr. Antonio Ibarra, UNAM 

Dr. Thomas Passnanti, SDSU 

Dra Iliana Quintanar, CIDE 

Mtra. Paulina Segovia, UNAM 

Dr. Javier Torres Medina, UNAM 

Dr. Omar Velasco, UNAM

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Obituario

José Antonio Rodríguez

Autor: 
Ernesto Peñaloza Méndez
Institución: 
UNAM
Síntesis: 

El historiador Peter Burke en su libro Eyewitnessing, The Uses of Images as Historical Evidence, 2001 (mal traducido a nuestro idioma como Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico), al considerar el uso de las imágenes como un importante vestigio del pasado cuestiona la invisibilidad de lo visual para la mayoría de sus colegas, y se empeña en demostrar, pese a lo problemático y riesgoso, el potencial que entraña utilizar los métodos iconográficos y post-iconográficos para cualquier historiador contemporáneo. En el primer capítulo se detiene en la especificidad de la fotografía y cuestiona el “realismo o veracidad” otorgado a este medio. 

En México, quizá fue la exposición Imagen histórica de la fotografía en México[1], montada en las salas de exposiciones temporales de dos Museos, el Nacional de Historia y el Nacional de Antropología, de mayo a agosto de 1978, lo que detonó la atención e interés de historiadores y de connotados estudiosos de otras disciplinas hacia la fotografía. [2]

Trece años después, en 1991, y en el auditorio del mismo Museo Nacional de Antropología, se realizó el Coloquio Reflexión sobre la imagenEncuentro para el análisis de la investigación sobre la fotografía en México. Un verdadero punto de inflexión para el estudio de la fotografía en dos de sus vertientes: la fotografía como documento histórico y la historia de la fotografía. Los pormenores de lo que aconteció en este espacio de discusión académica entre interesados de variadas especialidades, formaciones y edades fue narrado detalladamente por José Antonio Rodríguez, en su columna en el diario El Financiero de nombre “Clicks a la distancia”.[3] En su crónica, además de reseñar varias de las ponencias insistía en la necesidad de profesionalizar la disciplina. Consecuente a esa proclama, José Antonio actuará polivalentemente en el estudio de la imagen fotográfica a lo largo de 36 años con una auténtica y vehemente pasión de vida.

Esta larga introducción, más que una nota necrológica, tiene la intención de ubicar en el tiempo y dimensionar la trascendencia del trabajo de José Antonio Rodríguez, tarea nada fácil ya que va más allá de la labor de un fotohistoriador que, de manera incansable, escudriña en bibliotecas, hemerotecas y archivos y que nunca satisfecho continúa sus pesquisas en mercadillos y librerías de segunda mano con una gozosa y casi pueril curiosidad. Los resultados de estas indagaciones se publicaron en forma de libros, catálogos, prólogos y ensayos en países como Alemania, Brasil, China, Francia, Estados Unidos, España y Venezuela. 

Su práctica profesional se bifurcó en un periodismo cultural que incluía la crítica, la crónica de exposiciones, Bienales (con opiniones polémicas, mordaces y contundentes) y cualquier tipo de evento sobre fotografía, junto con la reseña de novedades bibliográficas, no solamente de monografías y estudios de la fotografía sino también de fotolibros de autor. Labor que desempeñó sin miramientos, de manera valiente y honesta y que, por supuesto, no fue del agrado de todos.

En sus inicios de vida profesional, siendo muy joven, trabajó en el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo[4] experiencia que lo marcó profundamente ya que a lo largo de su carrera, ejerció el oficio de curador especializado en exposiciones de fotografía, con muestras en los principales museos de este país y en espacios museales de Estados Unidos y España. Destaco sus exposiciones monográficas sobre la obra de Manuel Álvarez Bravo, Edward Weston, Agustín Jiménez, Franz Mayer y Nacho López. De igual manera las muestras antológicas sobre la fotografía moderna mexicana; el retrato fotográfico; las fotógrafas en México; el paisaje o la foto “construida” por mencionar algunas.[5]

De gran relevancia fue su actividad, ejercida por más de 20 años, como artífice y editor de Alquimia del Sistema Nacional de Fototecas-INAH, revista fundamental para el estudio y difusión de la fotografía nacional. A lo largo de los 61 números que coordinó, muchas veces con el apoyo de una (un) editor (a) invitada (o), publicó los más diversos temas, varios de ellos verdaderos filones aún por explorar o profundizar. José Antonio se jactaba de que dos números de Alquimia se habían subastado en Sotheby´s, y que varios otros números eran objeto de deseo de coleccionistas, lo cual es cierto, pero más trascendente es que esta revista, junto con Luna Córnea, dieron gran visibilidad a la fotografía mexicana e inclusive fueron modelo a seguir en otros países. 

Muy solicitado como conferencista, viajó constantemente por el país y el extranjero con la conciencia de la importancia de hacer difusión; quizá fue de los últimos académicos en usar diapositivas para ilustrar sus charlas, llegando al extremo de llevar el proyector y sus carruseles sorprendiendo a los organizadores que le solicitaban el “pendrive”. Recuerdo en especial sus variadas conferencias magistrales que presentaba anualmente en el Encuentro Nacional de Fototecas.

Una de sus preocupaciones fue la de intentar sumar nuevos investigadores al estudio de la fotografía para ello impartía, en un principio curso o talleres sobre historia de la fotografía en el Centro de la imagen, en Archivos y Universidades de varios Estados y una vez que obtuvo su doctorado inicio de inmediato sus seminarios en el Posgrado de Historia del Arte de la UNAM.

Realizar sus estudios de posgrado, con su ritmo de trabajo y obligaciones fue realmente encomiable, y, quizá, solamente se valora si se ha experimentado en carne propia la premura y tensión extrema que conlleva el artículo semanal, la revisión de textos, la redacción del propio y la presentación para mantener la periodicidad de una revista o la inexorable fecha de inauguración de una exposición. Pese a ello José Antonio nunca cesó en su empeño, al contrario, lo asumió de buen talante y con el objetivo de que su tesis doctoral aportara conocimiento nuevo y así lo hizo.

Otra labor emprendida fue la de autor y editor de libros (en estrecha complicidad con Alberto Tovalín) logrando crear verdaderas lindezas bibliográficas que recibieron importantes premios, verbigracia: Nacho López, ideas y visualidades (2012), Fotografía Artística Guerra (2017) y Librado García Smarth. La vanguardia fotográfica en Jalisco, el último de sus libros publicados en vida. 

Algo muy importante en la vida de JAR como le llamábamos en confianza fue su concepto de la amistad, la valoraba, la prodigaba, la cultivaba. La manera iniciática era acceder a su biblioteca personal, a sus libros, revistas, folletos, recortes de diarios o a su colección de vintage, a las larguísimas horas de charla sobre la imagen, al café o al vino tinto (después fue al té). El siguiente paso era acceder a su familia y, sin darte cuenta, sentirte parte de ella, de querer y admirar a Patricia[6], de ver crecer a sus dos pequeñas y celebrar sus logros como lo haría un tío orgulloso.

Después de una larga enfermedad, de la que iba mejorando paulatinamente, tuvo una súbita recaída de la que ya no pudo recuperarse. Murió la madrugada del sábado 13 de marzo. Se fue y duele, lo echaré en falta, superaremos la frustración de proyectos comunes que ya no serán, pero es triste… Nos queda su obra y sus enseñanzas, miles de recuerdos y la soledad. 

En el número 61 de Alquimia –última donde aparece como editor- escribió un breve texto comentando una fotografía del siglo XIX llamado De entre los muertos: “Una luz mortecina inundó las esperanzas de contacto para comunicarse con las personas que ya se habían ido. Salones oscuros en donde la cámara fotográfica era también la protagonista, una especie de presencia solitaria. Había que dejar testimonio del poder del médium y para eso estaba ese aparato…” Al recordarlo me dan ganas de transfigurarme en alquimista y construir una cámara-médium que nos permita continuar las conversaciones eternas sobre fotografía, o sobre los nuevos temas que surgieron durante la pandemia: la literatura japonesa, Los premios de Cortázar, el placer de la re-lectura …

 

 

 

 

Ernesto Peñaloza Méndez

Archivo fotográfico Manuel Tousseint IIE-UNAM

Colegio de Historia, SUAyED, FFyL-UNAM



[1] Proyecto coordinado por Eugenia Meyer quien en la introducción del catálogo escribió: “La objetividad de la fotografía –al igual que la de otras fuentes y recursos de los que se vale la investigación social- está circunscrita a los intereses de quien la realiza […]. Todas y cada una traen consigo la carga de influencia socioeconómica del autor”

[2] En 1976, dos años antes de este proyecto, se inauguró El Archivo Casasola después llamado Fototeca Nacional del INAH, en Pachuca, Hidalgo. Este importante repositorio proveyó un buen porcentaje de las fotografías expuestas. 

[3] “Clicks a la distancia” parte de la sección cultural dirigida por Víctor Roura, inicia formalmente a finales de 1990 y continuará de manera semanal y casi ininterrumpidamente hasta el 2010.

[4] Antes trabajó en proyectos para conformar dos fototecas: el Archivo Fotográfico Estatal de Tabasco y el de Querétaro, quedando de esas experiencias dos importantes publicaciones de fotohistoria regional.

[5] Siempre acompañadas por un catálogo donde vertía la acuciosa investigación realizada

[6] Patricia Priego, compañera constante y gran apoyo en todas las actividades emprendidas por JAR

 

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Obituario

Víctor Manuel Castillo Farreras (1932-2021)

Autor: 
Alfredo López Austin
Síntesis: 

Cenceño. Con un calificativo que quiere abarcar su imagen desde la primera impresión hasta el contumaz trato cotidiano; que incluye el trato mismo, enfrentándose al carácter; que invade el intelecto lúcido, la moral estricta, la determinación recia, Víctor fue cenceño. Cenceño lo fue de hueso, de nervio, con voz de palabra parca o ni siquiera pronunciada (como rugido), de paso calmo (como pensado), de humo de tabaco, de ropa igual, día tras igual día. Tal vez en soledad fuera locuaz; pero lo imagino sumergido en reflexiones duras, también cenceñas, con frecuencia ásperas y dolorosas. Temprano trazó su vida con la escuadra de un dibujante; siguió la línea con realización en cada punto, sin meta, porque la recta se tiende al infinito.

En los distantes años sesenta iniciamos una relación de amistad fincada en el contexto del trabajo: Víctor y yo nos conocimos en el Instituto Indigenista Interamericano, y una de nuestras funciones comunes fue la edición de la revista de dicho organismo. No éramos ya demasiado jóvenes. Yo andaba cercano a los treinta años y Víctor hacía poco los había cumplido. Pronto advertimos que coincidíamos en nuestro gran interés por el mundo indígena, por nuestra dedicación al estudio de la lengua náhuatl y por nuestra inclinación al dibujo, arte en el que Víctor era ya un diestro ejecutante y yo —como hoy— un entusiasta y mediocre aficionado. El ambiente de la oficina se prestaba al desarrollo de nuestras inclinaciones; eran largas las pláticas que sosteníamos, por una parte, con el antropólogo Alfonso Villa Rojas y por otra, en sus frecuentes visitas, con el gran dibujante Alberto Beltrán. Ambos estábamos casados —yo ya era padre de dos muchachos— y la amistad que iniciaron nuestras respectivas esposas, Lucha y Martha, robusteció la relación familiar, sobre todo al propiciar habituales viajes a zonas arqueológicas.

Con el cambio de dirección en el Instituto Indigenista Interamericano, salimos de aquel organismo. El director saliente, Miguel León-Portilla, propició que continuáramos siendo compañeros de trabajo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Nuestra situación, que había sido favorable, mejoró con nuestra pertenencia a la Universidad: allí seguimos editando, durante varios años, la revista Estudios de Cultura Náhuatl y los libros publicados bajo el sello del Instituto; intensificamos nuestra dedicación a la lengua náhuatl; investigamos en temas históricos de la antigüedad indígena, y ejercitamos la docencia. Dicha época estableció los cimientos de nuestras respectivas formaciones intelectuales. En la UNAM nuestro breve equipo había adquirido un miembro más: Josefina García Quintana. También nahuatlata, Josefina compartía plenamente nuestras aficiones, y una intensa interrelación nos impulsó a preparar conjuntamente a jóvenes estudiantes en el conocimiento lingüístico, que a nuestro juicio era indispensable para penetrar en la cultura y la historia antiguas. 

El equipo advertía una carencia en los estudios de nuestro medio. Sentíamos que la filosofía de la historia requería de una aproximación entre filósofos e historiadores. Pareciera que los discursos no eran suficientemente comunes desde ambas perspectivas. Creímos pertinente convocar a algunos filósofos interesados para robustecer un diálogo de aproximación. Todo esto era informal, sin reconocimiento laboral ni académico, lo que permitía actuar con absoluta libertad. Acudieron a nuestro llamado filósofos y antropólogos, con quienes integramos un equipo de discusión. Pertenecieron al grupo, entre otros, Carlos Pereyra Boldrini, José Luis Balcárcel, Francisco Javier Guerrero Mendoza y Gabriel Vargas Lozano. Considero que ningún otro grupo, de los varios que creamos a lo largo de nuestra vida universitaria, nos fue tan fructífero como éste. La diversidad de enfoques empíricos, de particulares formas de investigación, de formación filosófica, se debatía con libertad en la coincidencia única de que todos lo hacíamos desde un amplio enfoque materialista.

Transcurrieron los años, y el pequeño equipo mantuvo su unión en torno a una constante actividad académica. Llegó 1977, con su intensa lucha sindicalista universitaria. Víctor, Josefina y yo habíamos optado por la vía sindical. Nuestra posición interna en el Instituto se tambaleó: éramos los únicos tres sindicalizados, y defendimos con firmeza nuestros derechos laborales. Obviamente, nuestra posición política daba al traste con aquel ambiente académico propicio que habíamos tardado tanto tiempo en construir. Optamos por salir del Instituto para refugiarnos en otra dependencia universitaria de pensamiento más plural. Para ello debíamos contar con la aprobación de dos directores: el del Instituto de Investigaciones Históricas y el del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Con el segundo no había obstáculo, pues estaba dispuesto a recibir al equipo completo de nahuatlatos. El de Históricas, en cambio, usando de un arbitrio que no necesitaba justificarse ni académica ni laboralmente, decidió romper la unidad del equipo y determinó que el remedio contra la rebeldía era separarnos para que sólo uno de nosotros emigrara a Antropológicas. Así decidió que el prescindible era yo.

 Aquella separación fue un golpe duro. Cada uno de nosotros se concentró en sus temáticas propias, ya sin el recurso del diálogo cotidiano. Los caminos profesionales se dividieron. Víctor, año tras año, fue profundizando sus conocimientos en la lengua náhuatl como vía de comprensión de la historia, la organización sociopolítica y la cultura de los antiguos nahuas. Para ello ahondó en la minuciosa y puntual traducción de los antiguos textos de los siglos xvi y xvii. Su historiador preferido fue, sin duda, Domingo Francisco de San Antón Chimalpain Cuauhtlehuanitzin, prolífico autor cuya obra proporciona abundante información de la vida política de los distintos pueblos nahuas del Posclásico Tardío. Con su absoluta entrega al estudio, Víctor alcanzó a ser un arquetipo del gran sabio que puntualmente llega día con día a su cubículo para sumergirse en una plática virtual con el remoto pasado, manejando, como nadie, los vericuetos gramaticales, los modismos, los significados profundos de una lengua distante. Apartado de la deslumbrante luz de los reflectores, de viajes y reuniones académicas, pendiente siempre de la total realización cotidiana, vivió plenamente el proyecto que hizo para sí con temprano trazo. 

Ni las concepciones de Víctor ni las mías me permiten hoy hablar de su descanso eterno. Ni Víctor sería él mismo en el descanso.

México, 16 de marzo de 2021

Alfredo López Austin

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Obituario

Jorge Garibay Álvarez

Autor: 
Juan Manuel Herrera
Síntesis: 

El maestro Jorge Garibay Álvarez (1935-2020) 

 

Hoy, sábado 29 de agosto de 2020 ha fallecido el Maestro Jorge Garibay Álvarez, viejo y queridísimo amigo. Tuve la sensación de lo inminente hace algunos días. No sólo es que su salud fuera precaria o que fuera un sobreviviente heroico de dolencias serias. A la mesa de la Biblioteca José Lorenzo Cossío, en ADABI de México, llegaron los papeles de su archivo. Una rueda de tiempo, un concepto, una metáfora me hizo ver junto con las jóvenes que lo están ordenando, Sarai y, especialmente, Candy Ornelas, una de sus alumnas predilectas, que ahí en esa mesa descansaba una vida dedicada a los archivos de México. 

 

Inventarios, guías, fotografías, notas, cartas, borradores, impresos. De un vistazo uno podía reconocer décadas dedicadas al rescate, a la organización, a la difusión de acervos eclesiásticos. En este caso, debe subrayarse, no es sólo un tema de conciencia histórica, sino un motivo muy profundo que tiene su fundamento en la Fe. 

 

Conocí a Jorge en 1981, aunque no sería sino hasta dos años después, en 1983 cuando creo que verdaderamente conversé con él de una manera que pude decir que entendí lo que pensaba y lo que animaba su espíritu. Guardo, entre otras muchas, un par de fotografías en la que están Stella, Victoria San Vicente y Jorge en Lecumberri, sonrientes y otra, de ellos tres en Puebla, muchos años después, igualmente sonrientes. 

 

¿Por qué mantenían esa actitud feliz después de años y años? Porque no dejaron de pensar lo mismo y buscar los mismos objetivos: conservar los archivos mexicanos como un patrimonio fundamental en nuestra historia. Esa tarea como parte de una labor de defensa del patrimonio, esencial para la construcción de un mejor país y lo más importante en sus vidas, ha sido y será siempre un motivo de alegría al ver los resultados favorables que se han desprendido de sus respectivos e innumerables proyectos. 

 

Providencialmente, Stella y Jorge encontraron en sus afanes ininterrumpidos y felizmente a la Dra. María Isabel Grañén Porrúa y a don Alfredo Harp Helú, primero en la Biblioteca Burgoa en Oaxaca, después en el Archivo General de la Nación y se hizo un equipazo formidable que dio lugar a ADABI de México en 2003. Las afinidades, el amor por México, la persistente voluntad de no cejar y continuar con el mismo espíritu sonriente ante los innumerables retos para lograr que la memoria mexicana, sus testimonios documentales y bibliográficos sean considerados prioridad en la cultura y se preserven de la mejor manera permanentemente. 

 

Habrá tiempo para redescubrir y valorar lo que hay en esa mesa de la Biblioteca Cossío, lo que la vida de Jorge Garibay ha dejado perdurablemente en las nuestras, y en las de generaciones futuras gracias a su dedicación en la protección del patrimonio documental de México, en la construcción de un imaginario. 

 

Hoy es un día muy triste y acompaño a Stella y a Stella chica. Estoy muy cerca de ellas y el recuerdo del Maestro Jorge Garibay Álvarez perdurará con el mayor cariño, respeto y admiración.

 

Juan Manuel Herrera

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Obituario

Dúrdica Ségota. In memoriam

Autor: 
Sanja Savkic Sebek
Síntesis: 

Dúrdica Ségota

(Zagreb, 2 de septiembre de 1946 – Ciudad de México, 29 de agosto de 2020)

In memoriam

Dúrdica Ségota inició su larga trayectoria académica con los estudios de Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1970. En 1974-75 realizó estudios de Maestría en Historia del Arte por la misma universidad, en la cual empezó a trabajar en 1976 como docente e investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas. Luego, en 1982, obtuvo otro grado de Maestría en Historia y Teoría del Arte por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de la Universidad de Sorbona, París, donde también se doctoró en 1986. Además, su formación escolar en materia de historia del arte la adquirió en la Universidad de Münster, en 1966, y en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Zagreb, en 1967-68. Gracias a su formación profesional efectuada en diferentes países, tuvo la capacidad de hablar, leer, traducir y escribir en distintos idiomas: croata (su lengua materna), español, francés, alemán, italiano, inglés y náhuatl. Entre las numerosas distinciones que recibió, destaca el Reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la UNAM en 2012.

 

Su principal área de investigación fueron las cuestiones teóricas del arte y su historia, con el interés especial en las artes visuales indígenas de América. La mayor parte de su obra publicada versa sobre el arte prehispánico de Mesoamérica, particularmente sus valores plásticos, así como los problemas de la metodología para el estudio del arte precolombino.Fundamentó sus estudios en el modelo semiótico de la escuela parisina con el objetivo de conocer cómo generan el sentido las imágenes. Igualmente, desde el inicio de su carrera académica se ocupó tanto de otros periodos artísticos de México como del arte de otras partes del mundo. Abordó la obra y el pensamiento de diferentes artistas modernos, estudiosos y teóricos de arte como Diego Rivera, Waldemar Sjölander, Paul Klee y Paul Westheim, para mencionar sólo algunos. 

 

Es autora de numerosos libros y artículos, obras de referencia para el arte precolombino. Sus publicaciones contienen miradas novedosas tanto en torno a objetos particulares como a cuestiones de método para el estudio de las artes visuales. Llenas de planteamientos a los cuales se debe volver una y otra vez, son capaces de provocar nuevas hipótesis, permitiendo que siga el diálogo con colegas y continuadores. Entre sus libros destacan: Guía de estudio de México prehispánico con Alfredo López Austin (1984); Tlaloc, nature et culture (1988); Valores plásticos del arte mexica (1995); coordinó Las culturas de Chiapas en el periodo prehispánico (2000).

 

Maestra y formadora de varias generaciones, dirigió numerosas tesis de Licenciatura, Maestría y Doctorado a los alumnos de Historia, Historia del Arte y Estudios Mesoamericanos, en México y Perú; participó en diversos exámenes profesionales en México, Alemania y Francia. Su conocimiento también lo difundió en variados eventos tanto aquellos destinados a especialistas como al público en general.

 

Algunas de sus facetas en particular han dejado honda huella: excelente pedagoga, alentaba las discusiones abiertas y polémicas, estimulando las reflexiones originales sobre la imaginería amerindia. Y no sólo provocaba un interés fuerte por las culturas indígenas sino, dado su enorme bagaje intelectual, constantemente destacaba la importancia de conocer otras épocas artísticas tanto de México como de diferentes partes del mundo. 

 

Lamentamos la pérdida de una universitaria talentosa, pero a la vez celebramos la valiosa obra de Dúrdica Ségota que, con toda seguridad, seguirá incitando reuniones amenas e inteligentes sobre el arte del México antiguo.

 

Dra. Sanja Savkic Sebek

Instituto de Historia del Arte en Florencia – Instituto Max Planck &

Universidad Humboldt de Berlín

 

(Kunsthistorisches Institut in Florenz – Max-Planck-Institut & 

Institut für Kunst- und Bildgeschichte, Humboldt-Universität zu Berlin)

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Obituario

Elisa Vargaslugo Rangel

Autor: 
Cecilia Gutiérrez Arriola
Síntesis: 

ELISA VARGASLUGO RANGEL (1923-2020)

In memoriam

Tras una larga, generosa y muy fructífera vida entregada a la academia, falleció Elisa Vargaslugo Rangel el 30 de agosto del 2020, día de Santa Rosa de Lima, en su casa de San Jerónimo, en la ciudad de México. Significativa fecha para quien fuera estudiosa de la santa a la que consideró, dentro del arte, como la abanderada del criollismo americano. Nacida en Pachuca, Hidalgo (12 de agosto de 1923), hizo sus primeros estudios en una escuela inglesa -The English School- en donde aprendió, según contaba, el valor y la virtud de la puntualidad que siempre la caracterizó. Sus padres de raigambre criolla, oriundos hidalguenses, de Huichapan y Huasca, José Vargaslugo, médico de profesión y Margarita Rangel, quien estudió pintura en la Academia de San Carlos, tuvieron cinco hijos, a los que, muy pronto, trasladaron a la ciudad de México para formalizar sus estudios. Fue entonces cuando Elisa cursó secundaria y preparatoria en la escuela Luis G. León, y donde un profesor - Diego Tinoco Ariza-, despertó su vocación. Luego dio el salto a la formación universitaria, donde definió su interés por la historia, el arte y el periodo colonial, inspirada por su maestro Francisco de la Maza. Obtuvo licenciatura y maestría (1963, con la tesis: Desarrollo del Arte en México) y doctorado (1972, con la disertación: La iglesia de Santa Prisca de Taxco) en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, inicialmente en la Casa de los Mascarones de San Cosme y el posgrado en el campus de la Ciudad Universitaria.

Discípula de notables profesores que la guiaron en su formación, y a quienes siempre reconoció, y continuó su legado: Francisco de la Maza, Edmundo O´Gorman, Justino Fernández y Manuel Toussaint, maestros a quienes honró con creces. 

Su profesión la ejerció en la Universidad Nacional Autónoma de México a partir de abril de 1953, en el Instituto de Investigaciones Estéticas, con un contrato extendido por Manuel Toussaint, director de la institución, que sería desde entonces su casa -y hasta el final de su vida. El documento especificaba la necesidad de un investigador que, además, desempeñara trabajo fotográfico. Esto explica también su dedicación a la fotografía y la creación de un archivo para la investigación, simiente del actual Archivo Fotográfico Manuel Toussaint.

Su oficio de historiadora, como ella lo consideraba, consistió en la constancia en el estudio y la investigación en historia y las manifestaciones artísticas y culturales, analizadas con rigor y veracidad; estudios que dirigió y dedicó a la historia y el arte del periodo novohispano. Y para escribir de ello, observó con acuciosidad y pasión, documentó y fotografió todas sus manifestaciones, clasificó, catalogó, rescató, divulgó y condenó su expolio. Ese trabajo lo desempeñó con amor y entrega, en y por su universidad, a lo largo de toda su vida académica, durante sesenta y siete fructíferos años. Su labor quedó manifiesta en las cinco vertientes que cultivó: la investigación, la docencia, la lucha por el rescate, defensa y restauración del patrimonio cultural; la difusión de la historia del arte, y, la fotografía para el registro del arte y la investigación.

   En el campo de la investigación su obra es ya sustento y fortaleza de la historia del arte y la sitúa como una de las más altas conocedoras del periodo histórico y del arte de Nueva España. Escribió y coordinó obras que hoy son clásicos de la historiografía: Las portadas religiosas de México (UNAM-IIE 1969), La iglesia de Santa Prisca de Taxco (UNAM-IIE 1974), México barroco (Salvat 1994), El claustro franciscano de Tlatelolco (SER 1975), Historia del arte mexicano, Arte colonial, 4 tomos, coordinadora y coautora (Salvat 1982); Portadas churriguerescas de la ciudad de México: Formas e Iconología (UNAM-IIE 1986); Un edificio que canta. San Agustín de Querétaro, con José Guadalupe Victoria (Dirección de patrimonio cultural de Querétaro, 1989);  México en el mundo de las colecciones de arte, Nueva España, tomos 1 y 2, coordinadora y coautora (Azabache 1994); Parábola novohispana. Cristo en el arte virreinal, coordinadora y coautora (Fomento cultural Banamex/Comisión de Arte Sacro 2000); Juan Correa. Su Vida y su obra, Catálogo –tomo II- 1985, Repertorio pictórico –tomo IV- 1994, Cuerpo de documentos –tomo III- 1995, y Juan Correa. Su vida y su obra -tomo I- 2017, de todos, coordinadora y coautora (UNAM-IIE); Imágenes de los naturales en el arte de la Nueva España. Siglos XVI al XVIII, coordinadora y coautora (Fomento Cultural Banamex, UNAM-IIE, DGAPA, 2005); Reflejos de americanidad, con José Rubén Romero Galván (UNAM-Coordinación de Humanidades, 2017).

  En el campo de la docencia, desde 1953 al año 2000, los dedicó a formar alumnos con trabajo exigente y disciplinado, lo que incidió en el desarrollo y el fortalecimiento de muchas generaciones de discípulos, principalmente en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la Escuela de Artes Plásticas de la UNAM y la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía del INAH.  Llevó a sus alumnos a conocer y estudiar monumentos y obras de arte, dirigió múltiples tesis, de licenciatura, maestría y doctorado sobre la historia y el arte novohispano; todo con el afán de formar buenos historiadores del arte. Sus discípulos la distinguieron con una publicación homenaje tanto en sus veinticinco años, como en los cincuenta años de una ejemplar labor docente, que consideraron como excepcional: Estudios acerca del arte novohispano. Homenaje a Elisa Vargas Lugo. 25º aniversario de vida académica (Coordinación de Humanidades-UNAM, 1983) y De arquitectura, pintura y otras artes. Homenaje a Elisa Vargaslugo (UNAM-IIE, 2004).

  En el campo de la defensa y restauración del patrimonio cultural de México emprendió célebres batallas. Baste recordar la promoción para la restauración de la iglesia de Santa Prisca de Taxco y la creación de la Sociedad defensora de Santa Prisca; o el rescate de obras de arte, como la escultura ecuestre de Santiago, del pueblo de Santa María Chiconautla; la pintura de Santa Rosa de Lima, de Sultepec, que salvó de perderse; o los difíciles trabajos de restauración de la obra Dedicación de la iglesia de Molcajac. Además de su valiosa participación en diversas asociaciones, como la Sociedad Defensora del Tesoro Artístico y Adopte una obra de Arte A.C.; o su intervención en la creación de un Seminario para el Estudio, Conservación y Defensa del Patrimonio Artístico y Cultural, en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, en el que coordinó coloquios y dictó conferencias.

  En el campo de la difusión de la historia y de la historia del arte impartió innumerables conferencias por todo el país, cumpliendo con esa noble labor, muchas veces a nombre del Seminario de Cultura Mexicana, de la Sociedad Defensora del Tesoro Artístico, o de sociedades culturales de la provincia mexicana, como la Sociedad de Amigos de Santa Prisca de Taxco.

          En aprecio a su obra y por el valor de su desempeño académico como historiadora y profesora, por su vocación de servicio, por su compromiso universitario y su producción intelectual, fue reconocida por su Alma Mater que le otorgó las más altas distinciones que solo confiere a sus hijos dilectos: Premio Universidad Nacional en Docencia en Humanidades –1993-,  Investigadora Emérita –1996- y Doctora Honoris Causa -2011-. Consideración también otorgada por el Estado Mexicano al brindarle el Premio Nacional de Ciencias y Artes -2005-, y avalada por el Conacyt, que la designó Investigadora Nacional y con nombramiento de Investigadora Emérita.  

 

Su huella como investigadora académica queda indeleble en la disciplina de las ciencias humanas, y su rico y generoso legado docente, distribuido y resguardado en sus discípulos 

Cecilia Gutiérrez Arriola

Archivo Fotográfico Manuel Toussaint

Instituto de Investigaciones Estéticas UNAM 

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Obituario

Un réquiem laico para Ricardo Melgar Bao (Lima 1946-México 2020)

Autor: 
Horacio Tarcus
Síntesis: 

Esta madrugada, lunes 10 de agosto, el coronavirus se ha cobrado la vida del antropólogo e historiador Ricardo Melgar Bao.

 

Todavía conmovidos por la noticia, compartimos un rápido esbozo de su trayectoria intelectual y vital. Ricardo sobresalió como dirigente estudiantil izquierdista mientras cursaba sus estudios de antropología en la Universidad Mayor de San Marcos. Apenas obtenido su título, enseñó Filosofía y Ciencias Sociales en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán (1971) y poco después Antropología Social en la Universidad Nacional Mayor (1976). En 1977, cuando el Perú se encontraba bajo la dictadura de Morales Bermúdez, debió exiliarse en México con su mujer Hilda Tísoc, profesora de literatura y autora de una serie de biografías de mujeres peruanas. Aunque el plan de la pareja era regresar al Perú después de cursar estudios de posgrado, México terminó por convertirse en su patria de adopción, donde nacieron sus dos hijos, Emiliano y Dahil, hoy antropólogos, y donde Ricardo desarrolló una amplia labor docente e investigativa.

 

En México ejerció la docencia en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en forma ininterrumpida desde 1977 hasta 2001. Paralelamente, cursó la Maestría en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, donde fue alumno de Leopoldo Zea. Egresó primero con el título de magister y luego con el de doctor en Estudios Latinoamericanos tras defender su tesis sobre historia del movimiento obrero latinoamericano. Ejerció la docencia en la UNAM en las cátedras de Historia de las Ideas en América Latina y de Historia de la Cultura Latinoamericana. Además fue designado profesor investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) y desde 1990 fue reconocido como Investigador Nacional (SNI/CONACyT). 

 

Ha sido director del Colegio de Estudios Latinoamericanos (1990) y luego del Departamento de Estudios Latinoamericanos (1993-1995) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Finalmente, pasó al área de investigación en el Centro INAH Morelos, sede Cuernavaca, ciudad en la que residió desde la década de 1990.

 

Ha publicado un centenar de artículos en revistas como el Boletín de Antropología LatinoamericanaCuadernos Americanos (México), Nuestra América (México), Convergencia (México), CuicuilcoMemoria (México), Márgenes(Lima), Nuestra América (México), ThuleHumania del Sur (Venezuela), Tareas (Panamá), Agua (Huancayo), Políticas de la Memoria (Buenos Aires), Izquierdas (Santiago de Chile), Revista complutense de historia de América, etc. Integró durante varios años el Comité editor de Memoria, la revista del CEMOS y el Comité Académico de Políticas de la Memoria (Buenos Aires). En el año 2009 fundó la revista digital Pacarina del Sur, de la que fue director e inspirador.

 

Publicó asimismo unos 20 libros en los que abordó la historia del movimiento obrero y de las izquierdas latinoamericanas con la perspectiva cultural del antropólogo, sensible a las dimensiones simbólicas de las ideologías políticas y a las representaciones imaginarias, siempre atento a los exilios, las experiencias transfronterizas y la construcción de redes intelectuales. 

 

Entusiasta del trabajo de archivo y apasionado de las hemerotecas, ha recuperado textos inéditos al mismo tiempo que ha contribuido con sus estudios a repensar la obra y la trayectoria de figuras clave de la izquierda latinoamericana como Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, Julio Antonio Mella, Esteban Pavletich y Ricardo Flores Magón.

 

Además de la veintena de libros que enlistamos líneas más abajo, dejó concluidas en estos últimos días dos nuevas obras: un Diccionario biográfico del movimiento obrero y popular peruano (1848-1959) con más de 2000 entradas, y un volumen titulado Revistas de vanguardia e izquierda militante. 1924-1934.

 

Ha recibido una docena de distinciones académicas, entre ellas el Premio Leopoldo Zea otorgado por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, la Medalla Rafael Ramírez de la Secretaría de Educación Pública de México por sus 30 años de ejercicio docente (2008) y otra de la Universidad de Santiago de Chile y la Red Internacional del Conocimiento (2013) en reconocimiento a su labor intelectual. 

 

Quisiera añadir que Ricardo acompañó con su presencia y su calidez el crecimiento del CeDInCI casi desde sus inicios. Llegó por primera vez a consultar nuestros fondos en el año 2003 y enseguida se sintió parte de nuestro espacio. Desde entonces se sumó al Comité Internacional de nuestra revista Políticas de la Memoria y participó en todas y cada una de nuestras Jornadas de Historia de las Izquierdas. Fue un difusor de la labor del CeDInCI en toda América Latina. Todos los miembros de nuestro equipo lo recordarán arribando a nuestra sede, siempre amable y sonriente, cargando en su bolso una pila de libros que había recogido en México y en Lima para enriquecer nuestro acervo. También vamos a recordar que siempre había en su bolso lugar para una botella de pisco o de ron con la que invariablemente nos obsequiaba.

 

La partida de Ricardo va a dejar un enorme vacío en la vida cultural de todos los países latinoamericanos donde, abriendo caminos, fue dejando su huella. A pesar de la tristeza que nos invade, vamos a recordarlo con el sentido del humor y la amistad que tanto le gustó cultivar. Nuestros abrazos para sus hijos Dahil y Emiliano, a su compañera Marcela y a todo el equipo de la Pacarina del Sur.

 

Horacio Tarcus

 

Obras de Ricardo Melgar 

 

Crónica de la plumífera y otros poemas, Lima, Ediciones Joda, 1970.

Burguesía y proletariado en el Perú. 1820-1930, Lima, CEIRP, 1980.

Sindicalismo y milenarismo en la Región andina del Perú (1920-1931), Lima, Cuicuilco, 1988.

El movimiento obrero latinoamericano. Historia de una clase subalterna, Madrid,  Alianza, 1988, 2 vols.

Mariátegui, Indoamérica y las crisis de Occidente, Lima, Amauta, 1995. 

(en coautoría con María Teresa Bosque Lastra), El Perú contemporáneo. El espejo de las identidades, México, Universidad Autónoma de México, 1995. 

Cosmovisiones e ideologías cominternistas. América Latina, 1919-1923, Perú, Q’ollana, 1996.

Redes e imaginario del exilio latinoamericano en México. 1934-1940, Buenos Aires, Libros en red, 2003.

(en coautoría con Liliana Weinberg), Mariátegui entre la memoria y el futuro de América Latina, México, México, UNAM (Cuadernos de Cuadernos), 2000.

(en coautoría con José Luis González Martínez), Los combates por la identidad. Resistencia cultural afroperuana, México, Dabar, 2007

(en coautoría con Rafael Gutiérrez y Miguel Morayta), Morelos. Imágenes y miradas, México, Plaza & Valdés, 2003.

(en coautoría con Francisco Amezcua), José Carlos Mariátegui. Escritos: 1928México, Ediciones Taller Abierto, 2008.

(en coautoría con María Esther Montanaro Mena), Víctor Raúl Haya de la Torre a Carlos Pellicer. Cartas Indoamericanas, México, Taller Abierto,  2010.

Vivir el exilio en la Ciudad, 1928. V.R. Haya de la Torre y J.A. Mella, México, Taller Abierto, 2013

Los símbolos de la modernidad alternativa: Montalvo, Martí, Rodó, González Prada y Flores Magón, México, Taller Abierto y Grupo Académico La Feria, 2014.

(compilador con Osmar Gonzales), Víctor Raúl Haya de la Torre. Giros discursivos y contiendas políticas. Textos inéditos, Buenos Aires, Centro Cultural de la Cooperación, 2014.

La prensa militante en América Latina y la Internacional Comunista, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2015.

(con Perla Jaimes Navarro y Luis Adrián Calderón), El zapatismo en el imaginario anarquista norteño. Regeneración, 1911-1917, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2016, 2 tomos.

(con Francisco Amezcua y Ezequiel Maldonado López), Risa y humor zurdo en nuestra América, México, Taller Abierto, 2016.

(en colaboración con Manuel Pásara Pásara eds.), José Carlos Mariátegui. Originales e inéditos. 1928, Santiago de Chile, Ariadna, 2018.

(con Perla Jaimes Navarro, comps.), Esteban Pavletich. Estaciones del exilio y Revolución mexicana, 1925-1930, México, Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2019. 

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Obituario
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